Iba comenzar esta carta diciendo: «Desde el fondo de mi corazón te escribo... » ¡Qué trillado, hombre! Luego pensé: «Quisiera tenerte a mi lado ahora mismo...» ¡Dios, vuelvo a caer una y otra vez a la trivialidad de palabras de enamorados!
¿Es que acaso los enamorados siempre tienen que empezar así las cartas de amor? Entonces inquirí, una vez más, en mi corazón... pero fui más allá. A encontrar en algún lugar recóndito del sístole y diástole los pulsos que correspondan a su existencia. Cerré los ojos e imaginé, sentí...
— Toc... toc.. (toqué moderadamente en medio de las costillas, que estorbaban un poco)
— ¿Quién? —me respondió una voz sonora tras el enrejado—
La respuesta me sorprendió un poco, a pesar de que la esperaba. Aún así no me inmuté y continué estoico con mi posición decidida de hablar con el corazón.
— Buenas noches, soy yo, Calixto... —dije con remilgo, pues según me han dicho, el corazón se pone duro si no se le trata con delicadeza—
— ¿Calixto? —dijo, en tanto una especie de ojos se iluminaban en el epicentro color vino tinto—
— Sí, lo que sucede... —respondí súbitamente tratando de explicar, pero me interrumpió—
— Pero si hace un momento me tenías trabajando a marchas forzadas —se refería al sístole y diástole crepitante de hace unos segundos, supuse, cuando estaba pensando en Diana—
— Aja... sí, pues —le dije un tanto desconcertado, tratando de explicarle porqué estaba ahí—, resulta que he venido a visitarte porque quiero preguntarte unas cuestiones acerca del amor.
Cuando le dije ello, su centro iluminado de una luz cárdena se expandió tanto que me encandilo de demasía. Cerré los ojos (o lo análogo en esta dimensión). Al abrirlos estaba en un estante de blancura fulmínea. Tal vez era blanco. Había una paz tremenda e insólita. A lo lejos fue vislumbrándose un especie de ser que alcanzaba a distinguir no tenía piernas. No, no era un ser humano. La silueta comenzó a deformarse conforme se acercaba a mi vista. Al final era una especie de una masa que cambiaba de forma constantemente y emitía todo tipo de colores, cambiándolos continuamente. A pesar de mi pasmo y estupor, sentía una parsimónica tranquilidad. Era una ambivalencia continua, pues aunque sabía que lo que estaba mirando era paranormal para un terrenal, no lo era así para mí en aquellos momentos. Repentinamente, comenzó a hablarme con una voz que retumbaba en no sé dónde.
— Eres el primero en estar aquí, Calixto —me llegaron sus palabras, pero no con el lenguaje cotidiano, pues no las escuchaba sonoramente, sino más bien era una idea simplemente que llegaba y ya, no podría explicar de qué manera—
— ... —callé, callé; no tenía nada que decir en esta experiencia dimensional, ¡qué podía decir!—
— Verás... —prosiguió—, el amor se ensaya a diario, se siente y se presiente, se toma y se deja ir como el viento, fluye y refluye en todo momento, se alimenta de la buena voluntad y el deseo desinteresado; también debes saber... —todo se silenció—
Comencé a sentir como una especie de jalón intangible sobre la nuca que me trajo en sí. Y postrado en las asimetrías de mi escritorio, alcé la mirada con una especie de cansancio, asimilado a la fatiga sublime que se manifiesta después de hacer el amor.
Hice a un lado lo que estaba tratando de escribir. Busqué a Diana entre las sábanas del amanecer y la encontré vestida en una organza dorada que contrastaba con la oscuridad delicadamente bella, permeada por albas de luz de luna, entrando por la rendija de la celosía. La tomé de la cintura suavemente al tiempo que ella abría sus ojos diáfanos y brillantes. Me encandilaron tanto que no pude distinguir cuando ya estábamos fundidos en el amor. En un ir y venir de los pelvis perdí completamente la noción del ambiente físico. Sus jadeos y sollozos respondieron en un lenguaje no humano que transmutaban la realidad y las interpretaba mi conciencia.
¿Es que acaso los enamorados siempre tienen que empezar así las cartas de amor? Entonces inquirí, una vez más, en mi corazón... pero fui más allá. A encontrar en algún lugar recóndito del sístole y diástole los pulsos que correspondan a su existencia. Cerré los ojos e imaginé, sentí...
— Toc... toc.. (toqué moderadamente en medio de las costillas, que estorbaban un poco)
— ¿Quién? —me respondió una voz sonora tras el enrejado—
La respuesta me sorprendió un poco, a pesar de que la esperaba. Aún así no me inmuté y continué estoico con mi posición decidida de hablar con el corazón.
— Buenas noches, soy yo, Calixto... —dije con remilgo, pues según me han dicho, el corazón se pone duro si no se le trata con delicadeza—
— ¿Calixto? —dijo, en tanto una especie de ojos se iluminaban en el epicentro color vino tinto—
— Sí, lo que sucede... —respondí súbitamente tratando de explicar, pero me interrumpió—
— Pero si hace un momento me tenías trabajando a marchas forzadas —se refería al sístole y diástole crepitante de hace unos segundos, supuse, cuando estaba pensando en Diana—
— Aja... sí, pues —le dije un tanto desconcertado, tratando de explicarle porqué estaba ahí—, resulta que he venido a visitarte porque quiero preguntarte unas cuestiones acerca del amor.
Cuando le dije ello, su centro iluminado de una luz cárdena se expandió tanto que me encandilo de demasía. Cerré los ojos (o lo análogo en esta dimensión). Al abrirlos estaba en un estante de blancura fulmínea. Tal vez era blanco. Había una paz tremenda e insólita. A lo lejos fue vislumbrándose un especie de ser que alcanzaba a distinguir no tenía piernas. No, no era un ser humano. La silueta comenzó a deformarse conforme se acercaba a mi vista. Al final era una especie de una masa que cambiaba de forma constantemente y emitía todo tipo de colores, cambiándolos continuamente. A pesar de mi pasmo y estupor, sentía una parsimónica tranquilidad. Era una ambivalencia continua, pues aunque sabía que lo que estaba mirando era paranormal para un terrenal, no lo era así para mí en aquellos momentos. Repentinamente, comenzó a hablarme con una voz que retumbaba en no sé dónde.
— Eres el primero en estar aquí, Calixto —me llegaron sus palabras, pero no con el lenguaje cotidiano, pues no las escuchaba sonoramente, sino más bien era una idea simplemente que llegaba y ya, no podría explicar de qué manera—
— ... —callé, callé; no tenía nada que decir en esta experiencia dimensional, ¡qué podía decir!—
— Verás... —prosiguió—, el amor se ensaya a diario, se siente y se presiente, se toma y se deja ir como el viento, fluye y refluye en todo momento, se alimenta de la buena voluntad y el deseo desinteresado; también debes saber... —todo se silenció—
Comencé a sentir como una especie de jalón intangible sobre la nuca que me trajo en sí. Y postrado en las asimetrías de mi escritorio, alcé la mirada con una especie de cansancio, asimilado a la fatiga sublime que se manifiesta después de hacer el amor.
Hice a un lado lo que estaba tratando de escribir. Busqué a Diana entre las sábanas del amanecer y la encontré vestida en una organza dorada que contrastaba con la oscuridad delicadamente bella, permeada por albas de luz de luna, entrando por la rendija de la celosía. La tomé de la cintura suavemente al tiempo que ella abría sus ojos diáfanos y brillantes. Me encandilaron tanto que no pude distinguir cuando ya estábamos fundidos en el amor. En un ir y venir de los pelvis perdí completamente la noción del ambiente físico. Sus jadeos y sollozos respondieron en un lenguaje no humano que transmutaban la realidad y las interpretaba mi conciencia.
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