Querida mamá:
Olvidé decirte tantas cosas durante el tiempo que vivimos juntos. Olvidé aprenderte tanto. Contarte tanto. La vida se veía tan fácil a tu lado. Parecía, de pronto, que con sólo tu presencia en la casa todo se llenaba de alegría, de hadas en los anafres y duendes en la cocina. Recuerdo que hasta las plantas, que tanto te gustan, parecían bailar al viento. Y justo en ese momento, yo pasaba corriendo por los pasillos de la casona con mi pelota, golpeándola por todos lados, como contagiado por la felicidad que dejabas en la atmósfera, como estela a tu paso. Al final, terminaba cansado y mugroso, chamagoso, y tú me obligabas a bañarme en tanto yo me hacía el desentendido.
Recordarás que dejé de practicar el futbol en casa porque, con el tiempo y mi crecimiento, el espacio se me hizo muy pequeño. Tuve que mudarme a un lugar más grande, donde este delantero pudiera lucirse al cien, y encontré la calle afuera de casa. Ahí salía con mi balón a jugar con mis amigos, y tú me mirabas desde el fondo del zaguán, platicando con tus amigas y viéndome de reojo al final del pasillo. Y jugando rompimos tantos cristales como pelotas ponchadas por automóviles. Cómo salías al quite, mamá, mientras todos corríamos para que los vecinos no nos regañaran. En realidad, no había más opción. Todo el vecindario te sabía mi madre. Madre de Iván, el líder del grupito de niños que pateaban el balón. Ahí te veía debatiendo con la vecina quejosa, que siempre amenazaba con echarnos a la patrulla. Hacías muy bien en decirle son niños, Estela, comprende, tienen que divertirse. Aunque ya me iba molestando de escucharte decir que yo era un chamaco. Ya me empezaban a gustar las niñas. Y sé que de esto último te diste cuenta cuando comencé a bañarme por iniciativa mía, le quitaba perfume a mi hermano a escondidas aunque el olor me delatara mientras yo le decía no, yo no agarré, Alejandro.
Dejé el futbol y comencé a asistir más a reuniones en casas de amigos. Salía muy temprano con el cabello engomado cuando ya por entonces me dejabas irme solo a la secundaria. Regresaba más tarde a casa y tú, sin decirme nada, sabías perfectamente que estaba enamorado de una niña. Me descubriste más de una ocasión haciendo arreglos o cartas para ella. Afortunadamente te hacías la disimulada, y qué bueno, yo así me engañaba creyendo que todo lo mantenía en estricto secreto, aunque en el fondo ambos, tú y yo, mamá, éramos cómplices de este lindo juego. Hasta parecía que sabías lo que el amor me tenía preparado en mi pubertad. “De esto no se salva nadie”, me dijiste en tu regazo, cuando tres años más tarde rompí con quien creí era el amor de mi vida, Marisol. Marisol. Marisol Alfaro Ugues. Cuántas lágrimas recibiste en tus hombros y tu pecho. Me consolaste como Tetis a su hijo Aquiles, después de que este hubiera perdido a Helena, desgarrado de tanto dolor en su corazón.
Con los años y tus consejos, fui amando mejor. Fui aprendiendo a vivir, enseñándome a ser feliz con tu ejemplo. La gente nos dice, a la fecha, que somos idénticos en carácter, mamá. Yo también así lo creo. Soy como una copia de felicidad tuya. Tu desparpajo al vivir y expresarte me alegraba tanto en casa. Y ahora que estoy lejos de ti, no hay nadie quien llegue y me cuente las aventuras que vivió en el día. No hay quien baile y cante y ría al mismo tiempo al hacer el quehacer. Esa mujer que desde niño recuerdo, y que aún es a la fecha, no está cerca de mí. Pero qué bien me hace tu recuerdo. Basta acordarme de ti cuando estoy, ahora en la Ciudad de México, en mi cuarto, solo, y comienza a quererme invadir la tristeza por tu ausencia. Parecería que al acordarme de ti me transportara a Guadalajara y la atmósfera se volviera a llenar de tu alegría en mi habitación. Es entonces cuando sonrío y te llamo a casa bajo cualquier pretexto: si es que ya te aliviaste del catarro o que si la casa de abuelita está en buen estado, qué tal el clima por allá, acá hace frío también. Al fondo siempre están un te quiero y un te extraño.
Tu hijo Iván
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