Si mira en esta ocasión vengo ofreciéndote el regalo de moda el regalo de novedad para el niño la niña, la damita. Tres pesos te vale tres pesos te cuesta, o bien llévate dos por cinco pesos. Si mira te voy a ir dejando cada uno hasta tu lugar para que veas que no viene maltratado y, mucho menos, caducado. Si mira no me lo rechaces ya que si no puedes comprarlo con una sonrisa basta y no cuesta nada.
lunes, 28 de febrero de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
Carta abierta a mamá
Querida mamá:
Olvidé decirte tantas cosas durante el tiempo que vivimos juntos. Olvidé aprenderte tanto. Contarte tanto. La vida se veía tan fácil a tu lado. Parecía, de pronto, que con sólo tu presencia en la casa todo se llenaba de alegría, de hadas en los anafres y duendes en la cocina. Recuerdo que hasta las plantas, que tanto te gustan, parecían bailar al viento. Y justo en ese momento, yo pasaba corriendo por los pasillos de la casona con mi pelota, golpeándola por todos lados, como contagiado por la felicidad que dejabas en la atmósfera, como estela a tu paso. Al final, terminaba cansado y mugroso, chamagoso, y tú me obligabas a bañarme en tanto yo me hacía el desentendido.
Recordarás que dejé de practicar el futbol en casa porque, con el tiempo y mi crecimiento, el espacio se me hizo muy pequeño. Tuve que mudarme a un lugar más grande, donde este delantero pudiera lucirse al cien, y encontré la calle afuera de casa. Ahí salía con mi balón a jugar con mis amigos, y tú me mirabas desde el fondo del zaguán, platicando con tus amigas y viéndome de reojo al final del pasillo. Y jugando rompimos tantos cristales como pelotas ponchadas por automóviles. Cómo salías al quite, mamá, mientras todos corríamos para que los vecinos no nos regañaran. En realidad, no había más opción. Todo el vecindario te sabía mi madre. Madre de Iván, el líder del grupito de niños que pateaban el balón. Ahí te veía debatiendo con la vecina quejosa, que siempre amenazaba con echarnos a la patrulla. Hacías muy bien en decirle son niños, Estela, comprende, tienen que divertirse. Aunque ya me iba molestando de escucharte decir que yo era un chamaco. Ya me empezaban a gustar las niñas. Y sé que de esto último te diste cuenta cuando comencé a bañarme por iniciativa mía, le quitaba perfume a mi hermano a escondidas aunque el olor me delatara mientras yo le decía no, yo no agarré, Alejandro.
Dejé el futbol y comencé a asistir más a reuniones en casas de amigos. Salía muy temprano con el cabello engomado cuando ya por entonces me dejabas irme solo a la secundaria. Regresaba más tarde a casa y tú, sin decirme nada, sabías perfectamente que estaba enamorado de una niña. Me descubriste más de una ocasión haciendo arreglos o cartas para ella. Afortunadamente te hacías la disimulada, y qué bueno, yo así me engañaba creyendo que todo lo mantenía en estricto secreto, aunque en el fondo ambos, tú y yo, mamá, éramos cómplices de este lindo juego. Hasta parecía que sabías lo que el amor me tenía preparado en mi pubertad. “De esto no se salva nadie”, me dijiste en tu regazo, cuando tres años más tarde rompí con quien creí era el amor de mi vida, Marisol. Marisol. Marisol Alfaro Ugues. Cuántas lágrimas recibiste en tus hombros y tu pecho. Me consolaste como Tetis a su hijo Aquiles, después de que este hubiera perdido a Helena, desgarrado de tanto dolor en su corazón.
Con los años y tus consejos, fui amando mejor. Fui aprendiendo a vivir, enseñándome a ser feliz con tu ejemplo. La gente nos dice, a la fecha, que somos idénticos en carácter, mamá. Yo también así lo creo. Soy como una copia de felicidad tuya. Tu desparpajo al vivir y expresarte me alegraba tanto en casa. Y ahora que estoy lejos de ti, no hay nadie quien llegue y me cuente las aventuras que vivió en el día. No hay quien baile y cante y ría al mismo tiempo al hacer el quehacer. Esa mujer que desde niño recuerdo, y que aún es a la fecha, no está cerca de mí. Pero qué bien me hace tu recuerdo. Basta acordarme de ti cuando estoy, ahora en la Ciudad de México, en mi cuarto, solo, y comienza a quererme invadir la tristeza por tu ausencia. Parecería que al acordarme de ti me transportara a Guadalajara y la atmósfera se volviera a llenar de tu alegría en mi habitación. Es entonces cuando sonrío y te llamo a casa bajo cualquier pretexto: si es que ya te aliviaste del catarro o que si la casa de abuelita está en buen estado, qué tal el clima por allá, acá hace frío también. Al fondo siempre están un te quiero y un te extraño.
Tu hijo Iván
Introspección
Iba comenzar esta carta diciendo: «Desde el fondo de mi corazón te escribo... » ¡Qué trillado, hombre! Luego pensé: «Quisiera tenerte a mi lado ahora mismo...» ¡Dios, vuelvo a caer una y otra vez a la trivialidad de palabras de enamorados!
¿Es que acaso los enamorados siempre tienen que empezar así las cartas de amor? Entonces inquirí, una vez más, en mi corazón... pero fui más allá. A encontrar en algún lugar recóndito del sístole y diástole los pulsos que correspondan a su existencia. Cerré los ojos e imaginé, sentí...
— Toc... toc.. (toqué moderadamente en medio de las costillas, que estorbaban un poco)
— ¿Quién? —me respondió una voz sonora tras el enrejado—
La respuesta me sorprendió un poco, a pesar de que la esperaba. Aún así no me inmuté y continué estoico con mi posición decidida de hablar con el corazón.
— Buenas noches, soy yo, Calixto... —dije con remilgo, pues según me han dicho, el corazón se pone duro si no se le trata con delicadeza—
— ¿Calixto? —dijo, en tanto una especie de ojos se iluminaban en el epicentro color vino tinto—
— Sí, lo que sucede... —respondí súbitamente tratando de explicar, pero me interrumpió—
— Pero si hace un momento me tenías trabajando a marchas forzadas —se refería al sístole y diástole crepitante de hace unos segundos, supuse, cuando estaba pensando en Diana—
— Aja... sí, pues —le dije un tanto desconcertado, tratando de explicarle porqué estaba ahí—, resulta que he venido a visitarte porque quiero preguntarte unas cuestiones acerca del amor.
Cuando le dije ello, su centro iluminado de una luz cárdena se expandió tanto que me encandilo de demasía. Cerré los ojos (o lo análogo en esta dimensión). Al abrirlos estaba en un estante de blancura fulmínea. Tal vez era blanco. Había una paz tremenda e insólita. A lo lejos fue vislumbrándose un especie de ser que alcanzaba a distinguir no tenía piernas. No, no era un ser humano. La silueta comenzó a deformarse conforme se acercaba a mi vista. Al final era una especie de una masa que cambiaba de forma constantemente y emitía todo tipo de colores, cambiándolos continuamente. A pesar de mi pasmo y estupor, sentía una parsimónica tranquilidad. Era una ambivalencia continua, pues aunque sabía que lo que estaba mirando era paranormal para un terrenal, no lo era así para mí en aquellos momentos. Repentinamente, comenzó a hablarme con una voz que retumbaba en no sé dónde.
— Eres el primero en estar aquí, Calixto —me llegaron sus palabras, pero no con el lenguaje cotidiano, pues no las escuchaba sonoramente, sino más bien era una idea simplemente que llegaba y ya, no podría explicar de qué manera—
— ... —callé, callé; no tenía nada que decir en esta experiencia dimensional, ¡qué podía decir!—
— Verás... —prosiguió—, el amor se ensaya a diario, se siente y se presiente, se toma y se deja ir como el viento, fluye y refluye en todo momento, se alimenta de la buena voluntad y el deseo desinteresado; también debes saber... —todo se silenció—
Comencé a sentir como una especie de jalón intangible sobre la nuca que me trajo en sí. Y postrado en las asimetrías de mi escritorio, alcé la mirada con una especie de cansancio, asimilado a la fatiga sublime que se manifiesta después de hacer el amor.
Hice a un lado lo que estaba tratando de escribir. Busqué a Diana entre las sábanas del amanecer y la encontré vestida en una organza dorada que contrastaba con la oscuridad delicadamente bella, permeada por albas de luz de luna, entrando por la rendija de la celosía. La tomé de la cintura suavemente al tiempo que ella abría sus ojos diáfanos y brillantes. Me encandilaron tanto que no pude distinguir cuando ya estábamos fundidos en el amor. En un ir y venir de los pelvis perdí completamente la noción del ambiente físico. Sus jadeos y sollozos respondieron en un lenguaje no humano que transmutaban la realidad y las interpretaba mi conciencia.
¿Es que acaso los enamorados siempre tienen que empezar así las cartas de amor? Entonces inquirí, una vez más, en mi corazón... pero fui más allá. A encontrar en algún lugar recóndito del sístole y diástole los pulsos que correspondan a su existencia. Cerré los ojos e imaginé, sentí...
— Toc... toc.. (toqué moderadamente en medio de las costillas, que estorbaban un poco)
— ¿Quién? —me respondió una voz sonora tras el enrejado—
La respuesta me sorprendió un poco, a pesar de que la esperaba. Aún así no me inmuté y continué estoico con mi posición decidida de hablar con el corazón.
— Buenas noches, soy yo, Calixto... —dije con remilgo, pues según me han dicho, el corazón se pone duro si no se le trata con delicadeza—
— ¿Calixto? —dijo, en tanto una especie de ojos se iluminaban en el epicentro color vino tinto—
— Sí, lo que sucede... —respondí súbitamente tratando de explicar, pero me interrumpió—
— Pero si hace un momento me tenías trabajando a marchas forzadas —se refería al sístole y diástole crepitante de hace unos segundos, supuse, cuando estaba pensando en Diana—
— Aja... sí, pues —le dije un tanto desconcertado, tratando de explicarle porqué estaba ahí—, resulta que he venido a visitarte porque quiero preguntarte unas cuestiones acerca del amor.
Cuando le dije ello, su centro iluminado de una luz cárdena se expandió tanto que me encandilo de demasía. Cerré los ojos (o lo análogo en esta dimensión). Al abrirlos estaba en un estante de blancura fulmínea. Tal vez era blanco. Había una paz tremenda e insólita. A lo lejos fue vislumbrándose un especie de ser que alcanzaba a distinguir no tenía piernas. No, no era un ser humano. La silueta comenzó a deformarse conforme se acercaba a mi vista. Al final era una especie de una masa que cambiaba de forma constantemente y emitía todo tipo de colores, cambiándolos continuamente. A pesar de mi pasmo y estupor, sentía una parsimónica tranquilidad. Era una ambivalencia continua, pues aunque sabía que lo que estaba mirando era paranormal para un terrenal, no lo era así para mí en aquellos momentos. Repentinamente, comenzó a hablarme con una voz que retumbaba en no sé dónde.
— Eres el primero en estar aquí, Calixto —me llegaron sus palabras, pero no con el lenguaje cotidiano, pues no las escuchaba sonoramente, sino más bien era una idea simplemente que llegaba y ya, no podría explicar de qué manera—
— ... —callé, callé; no tenía nada que decir en esta experiencia dimensional, ¡qué podía decir!—
— Verás... —prosiguió—, el amor se ensaya a diario, se siente y se presiente, se toma y se deja ir como el viento, fluye y refluye en todo momento, se alimenta de la buena voluntad y el deseo desinteresado; también debes saber... —todo se silenció—
Comencé a sentir como una especie de jalón intangible sobre la nuca que me trajo en sí. Y postrado en las asimetrías de mi escritorio, alcé la mirada con una especie de cansancio, asimilado a la fatiga sublime que se manifiesta después de hacer el amor.
Hice a un lado lo que estaba tratando de escribir. Busqué a Diana entre las sábanas del amanecer y la encontré vestida en una organza dorada que contrastaba con la oscuridad delicadamente bella, permeada por albas de luz de luna, entrando por la rendija de la celosía. La tomé de la cintura suavemente al tiempo que ella abría sus ojos diáfanos y brillantes. Me encandilaron tanto que no pude distinguir cuando ya estábamos fundidos en el amor. En un ir y venir de los pelvis perdí completamente la noción del ambiente físico. Sus jadeos y sollozos respondieron en un lenguaje no humano que transmutaban la realidad y las interpretaba mi conciencia.
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